Que la cultura no nos lleve a la guerra*

25 01 2012

*Oscar Díez

Escucho a diario opiniones (favorables y no tanto) sobre el sistema de acceso a la reproducción y descarga de bienes artísticos  dinámicos (cine, música, libros…) y las leyes o estatutos privados que regulan (o intentan hacerlo) tales hechos: la famosa ley SINDE, la ahora más famosa SOPA, el cierre del portal Megaupload, la publicidad en Youtube, la de Spotify… De hecho, estoy seguro de que estos ejemplos pronto quedarán obsoletos, olvidados ante la cantidad de acontecimientos apresurados que están sucediendo (no hay más que preguntar  si alguien se acuerda ya de lo que era NAPSTER).

Ante tal situación, se enfrentan dos grupos mayoritarios de egoístas porque sólo quieren lo que a ellos les interesa, ya que sacarán tajada seguro, y vagos, porque no gastan el trabajo de ver que, entre el negro que unos quieren y el blanco que desean los otros, hay una gama de grises que puede contentar a todos y, lo que es más importante, que puede contentar al público que es quien finalmente disfruta de las creaciones. ¿Quiénes son estos dos actores? Por una parte tenemos a los internautas más radicales, defensores de la libertad de contenidos, ansiosos por alimentar y propagar el síndrome de Diógenes de los discos duros, almacenando en ellos más horas de música de las que puede vivir una persona, gozando del placer de lo gratuito. Por otra parte tenemos los organismos aferrados al pasado, que todavía piensan que, a base de palos, va a volver la época dorada de las ventas de CDs a veinte euros, amigos de los intermediarios ruines que quieren volver a poner su firma para llevarse su porcentaje. Mi optimismo desmedido todavía cree que hay mucha gente que, como yo, forma parte de esa gama de grises que nos gustará a todos, y por eso expreso ahora mi opinión hacia unos y otros:

Hacia los defensores del acceso gratuito a contenidos: la creación de un bien artístico es la combinación en una persona de tres factores: el talento (para inspirar tal creación), el aprendizaje (para suplir la falta de talento) y el tiempo (para dedicarlo a dar forma y plasmar la obra). Estos tres factores se manifiestan en cada persona con valores distintos (hay quien necesita más o menos tiempo, hay quien posee un talento especial y no necesita un proceso de duro aprendizaje…). Pero lo fundamental es que, en el resto de profesiones existentes, por emplear estos factores, se cobra un sueldo: se le paga a un trabajador que enrosca el mismo tornillo ocho horas al día porque dona su tiempo (aunque su tarea no requiera apenas de talento ni aprendizaje), se le paga a un bombero por mantenerse en forma (aprendizaje) y hacer guardia en sus turnos aunque no haga nada más (tiempo), se le paga más al mejor cortador de jamón por su talento en el oficio y el tiempo que dedica a él… Así podría seguir con miles de ejemplos más. Entonces ¿cuál es la razón para que deban ser gratuitos el tiempo, talento y aprendizaje de un músico, escritor, guionista, cantante, técnico de grabación y toda la gente que colabora en la creación de una obra?

Hacia los organismos defensores del pago por todo: una sola pregunta: ¿no se han llenado bastante ya los bolsillos?. Yo creo que sí, y lo han hecho a base de feas tácticas, de intermediarios innecesarios que han abultado los porcentajes que se quedan en el camino entre el consumidor y el artista, que han permitido la creación de organismos privados como la SGAE (que no voy a entrar a valorar más porque me daría para escribir un libro), que llaman a sus chicos del FBI y cierran portales web que, aunque contenían muchos archivos o links de descargas no consentidas por sus autores, también tenían muchos otros totalmente lícitos, autorizados por su creador para el libre consumo de los usuarios. Señores, han pagado justos por pecadores, y eso es abuso de poder, que es lo único que tienen, por desgracia.

Entre unos y otros, gracias a su pereza y egoísmo, han conseguido algo muy difícil, casi mágico: han conseguido enfrentar al primer eslabón de la cadena (el artista) y al último (el consumidor). El creador de una obra ha sido durante años el que menos ha percibido por ella, pero no le importaba, ya que no se conocía otra forma de hacérsela legar al consumidor que, a su vez, ha estado todo ese tiempo pagando precios desorbitados por comprar su CD, libro, entrada de cine o DVD. Llegaron los unos y se lo dieron gratis al consumidor, y le introdujeron la idea de que era hora de hacer justicia ante los años de estafa sufridos. Llegaron lo otros y atacaron con más poder del que la ley les otorgaba y, lo peor de todo, lo hicieron en nombre del artista, que seguía siendo el que menos beneficio obtenía de todo aquello. Al final, la famosa World War Web.

Conclusión: artistas y consumidores queremos lo mismo, pagar/percibir un precio justo para que la cultura que creamos se mueva. Para ello, los creadores de nuevas tecnologías deberían ayudar con sus conocimientos para que siga habiendo herramientas de difusión y fácil acceso a cine, música, libros… por los que se pague lo correcto. Y los organismos deberían saber que la evolución existe, que sus medios han quedado obsoletos, que sobra mucha gente en su sistema y que cuanto más aprieten, más bajo caerán. Deben permitir que también haya artistas que no quieran estar en su programa de enriquecimiento y que tal vez sólo quieran mostrar al mundo su música o literatura a cambio de nada, este mismo artículo es una muestra de ello, no voy a cobrar por escribirlo, pero sí pretendo hacerlo por otros trabajos a los que he dedicado mi tiempo, aprendizaje, talento y dinero. Como artista a la vez que consumidor, creo que un acuerdo es posible entre nosotros sin necesidad de jugar a la guerra online.

*Oscar Díez es endorser Vanz y artista Klein


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